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"Parecerá una tontería pero para mí fue una decepción que en París se hablara francés"
Bocanada de aire fresco al universo de la comedia romántica, con una patosa Inma Cuesta que se maneja como pez en el agua en los hilarantes enredos de una película plagada de divertidísimos secundarios (Rossy de Palma, Paco León, Joaquín Reyes).
La película española más sobrevalorada del año desprende un tufo a cine familiar ñoña americano (el que quizás sea el que más buenas críticas le ha aportado, por obra y gracia de ese deporte nacional de negar lo propio) que ni por sí mismo, y ni mucho menos mezclado con las supuestas bromas "españolas", logra cuajar. Cuando lo más interesante en más de hora y media -aparte de su banda sonora sacada de una película de Wes Anderson-, es un Raúl Arévalo sin nombre e invisible es porque algo falla, y bastante.
La buena mezcla de géneros -alejada de los errores facilones tan típicos de cada uno de ellos- consigue una película que paulatinamente, atrapa al espectador en una historia sobre enredos y personajes varios, conectados todos ellos con solvencia gracias, sobre todo, a la valía de un acertado elenco. A destacar la escena icónica de la piscina, y la escueta, pero maravillosa, participación de la gran Carmina Barrios.
Muy interesante propuesta distópica -con algún que otro traspiés (el propio final)-, construída con bastante decencia en el terreno del entretenimiento y el suspense. El elenco, tan escaso y acertado como su premisa y posterior desarrollo explicativo, juega a favor del buen sabor de boca general. Queda claro que en España se puede hacer otro tipo de cine sin sentir ningún tipo de vergüenza y, menos aún, inferioridad.